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En enero de 2006, el lunes siguiente tras aparecer en primera página de la edición dominical del San Francisco Chronicle, Jeremy Townsend recibió la visita de las autoridades. Lo agarraron con las manos en la masa. El señor Townsend no es un criminal al que la policía encontró con una víctima, ni un banquero al que los agentes del fideicomiso atraparon haciendo un fraudulento traspaso de dinero; el señor Townsend recibió la visita de las autoridades sanitarias cuando estaba acomodando su casa para recibir a 45 personas, tal como lo venía haciendo todos los lunes, y servirles comida. Lo agarraron con las manos en la masa.

Aunque explicó que conocía personalmente a todos los que venían y que sencillamente le iban a dar una colaboración a él y a su hermano Joe por la cena, el agente le dijo que no contaba con la permisología para hacer de su casa un restaurant, principalmente por el nivel de ruido que generaba en el apartamento, así que el señor Townsend preguntó si podía hacerlo en otros sitios. El inspector sanitario respondeó que no le importaba, y allí nació The Ghetto Gourmet (www.theget.com), una red de amantes de la buena comida que se conectan por internet y se juntan para preparar banquetes buenos, baratos y, principalmente, desligados de lo suntuoso, parsimonioso e impersonal que consideran la experiencia de hacerlo en un restaurant.

Este es solamente uno de los tantos grupos que piensan que los restaurantes ya no tienen sentido. La emoción de “escabullirse” de la ley, conocer gente interesante con la cual generar amistades y compartir una larga comida ha hecho que en Estados Unidos y en otras partes del mundo (de hecho en Cuba ya son hasta tradicionales por ser los restaurantes propiedad del estado) se popularice cada vez más el que podría considerarse el secreto peor guardado del mundo culinario: la cocina underground.

Un buen cocinero puede considerarse tan artista como un pintor o un músico, en el sentido en que gracias a su creatividad y su destreza manual deleitan a otra persona estimulando su sentido de la vista, el oído o, en este caso, el gusto; y si hace años se popularizaron las galerías amateur o los bares de karaoke para que los “artistas caseros” pudiesen mostrar sus habilidades, la creación de no-restaurantes, anti-restaurantes, comedores clandestinos, o como quieran llamarlos, era sencillamente el próximo paso.

Muchas veces son iniciativas de chefs graduados que no tienen el suficiente capital para abrir un restaurant propio, o que en el que trabajan no les permiten inventar mucho y salirse de las pautas de la fine cuisine, o como reacción al comercialismo de los chefs/celebridades que están tan en boga hoy día; otras tantas son chefs amateurs que sencillamente quieren divertirse.

Encontrarlos no es tan difícil, basta con revisar internet; pero como se supone que lo verdaderamente underground no es tan accessible, Michael Hebberoy, chef de un restaurant ya no tan clandestino llamado One Pot (www.onepot.org) recomienda además sacarle conversación a los cocineros con las características anteriores, muchos sabrán de algo o se entusiasmarán con la idea de ser ellos los que lo lleven a cabo.

Sea en un pequeño apartamento neoyorquino o en una granja en las afueras de Seattle, estos comedores sin licencia a los que se llega por boca de otro, gracias a la internet o uniéndose a clubes y logias son una alternativa que ha calado tan hondo que ahora está generando una predecible paradoja: al convertirse en lo último en cuanto a opciones culinarias, atraen a grandes cantidades de usuarios, alienando a los comensales alternativos originales, perdiendo su esencia y haciéndose mainstream; en definitiva, la triste historia del arte underground.

En 1984 salía al mercado el que sería uno de los discos más impactantes en la escena rock latinoamericana hasta ahora, homónimo de la banda que sigue siendo la referencia más importante del género: Soda Stereo. El 21 de diciembre de 2007 concluyó en el Estadio Monumental de River en Buenos Aires, a un par de cuadras de donde hacía más de un cuarto de siglo se había gestado el sueño de Gustavo, Zeta y Charly, la gira que los trajo a los escenarios luego de diez años de receso, la gira en la que los vimos volver, la gira que demostró que Soda siempre será Soda.
A pesar de que su paso por Venezuela no fue del todo satisfactorio para muchos ―y les doy la razón en que la organización del evento dejó mucho que desear―, ese 29 de noviembre Sobredosis de T.V., Nada Personal, No Existes y otros éxitos de sus inicios se sumaron a Zoom, Primavera 0, De Música Ligera ―el himno que lastimosamente suena hasta en las pachangas de quinceañeras― y otras del repertorio de su segunda etapa, para una descarga de rock que valió la espera.
Pero, ¿fue esto todo lo que iba a dar Soda? Muchos reclaman que ésta fue una maniobra mercantilista de algún tipo; es verdad que recaudaron muchísimo, pero es también verdad que donaron su participación de los ingresos generados en Argentina mediante la venta de contenidos online (videos de los ensayos, fotos de backstage, temas en vivo de los conciertos) a la Unidad de Transplante Cardíaco Infantil de la Fundación Garrahan, a la Red para la tercera edad (con sede en la Matanza) y a Caritas (Parroquias Natividad de María y San Pedro y San Pablo). Además, se aliaron con Red Solidaria para impulsar una campaña llamada Dona un Día de Tu Vida, con el objetivo de que los jóvenes “donaran”, o dedicaran, un día del año 2008 a trabajar en obras sociales.
Independientemente de esto, sea que van a sacar un álbum nuevo -altamente improbale- o que no tenían oficio y se lanzaron en esta gira, lo cierto es que esta primavera que comienza tiene el encanto de venir luego de un invierno (o verano, si tomamos en cuenta que los Soda son australes) en el que muchos volvimos a sentir y vivir lo que es un concierto de los más grandes del rock latinoamericano luego de diez largos años.

Ya vieron que el 2008 fue un año distinto en mis posts… porque no hubo… ahora sí empiezo a publicar trabajos serios (a ver cuánto duro…)

Ya está en las carteleras venezolanas El Orfanato (Bayona, 2007), un filme sorprendente técnicamente que además nos presenta una cara desconocida del cine español a los espectadores de esta tierra, acostumbrados a ver sólo lo que hace Almodóvar y uno que otro trabajo “desconocido” que entra en los festivales organizados en el país.
La película cuenta la historia de una mujer que compra la casa donde estaba el orfanato en el cual ella creció, y en la cual una vez instalada con su nueva familia empieza a suceder algo extraño con su hijo, quien dice tener un amigo que le muestra y habla secretos de su madre. Poco a poco se revela una historia en la que la muerte y el maltrato empiezan a salir del armario.
El guión de Sergio G. Sánchez, quien sólo había escrito dos cortometrajes y ahora está nominado al Goya ―el premio a las artes españolas― por este trabajo, es sencillamente espectacular, y el suspenso que escribió está fenomenalmente trabajado por el director; en escenas como la del juego del “1, 2, 3…” ―no quiero adelantar nada― evoca el terror de antaño, en el cuál se valía de más recursos que el del ruido ensordecedor en el momento en que algo o alguien salta de detrás de una esquina o del techo, aunque este también sea válido y, de hecho, también utilizado en esta producción.
El resto de los apartados fílmicos ayudan a subir el listón: Belén Rueda en el papel principal sabe mantener la tensión en todo momento, locaciones altamente cuidadas, música y fotografía que terminan de abrazar la estética y le dan el valor de ser una excelente película que además está generando mucha taquilla y ha obtenido la nominación por parte de España para competir en la categoría de mejor película extranjera de los Oscar ―ya se verá qué sucede con los dichosos premios a consecuencia de la huelga de guionistas, harina de otro costal―.
Con este largometraje puede que por fin se le dé importancia a una poco alabada manera española de hacer cine de suspenso/terror, la cual se podría decir que comenzó con los estudios surrealistas de Buñuel ―la escena del bisturí en el ojo está planteada intencionalmente para que el espectador voltee la mirada―, pero ha tenido más fuerza últimamente en la pluma de Amenábar ―Tesis (1996) y Abre los Ojos (1997) tuvieron lo suyo, y The Others (2001) es un digno representante―, la visión del mexicano Guillermo del Toro ―que removió algunas cosas con El Laberinto del Fauno (2006) y es productor de El Orfanato―, Ausentes (Calparsoro, 2005) un trabajo del que incluso se le hizo un remake en Hollywood, y una que espero con ansias llegue a nuestro país, [REC] (2007), obra de Paco Plaza y Jaume Balagueró, en la que entran de lleno con la tenue línea que está dividiendo hoy día la televisión de la realidad, presentando a una aterrorizada reportera que en ningún momento puede dejar de grabar y transmitir lo que le ocurre mientras está encerrada en un edificio en el cual suceden cosas aterrorizantes , muy en la onda de la que fuese un hito en el cine norteamericano, The Blair Witch Project (1999). A [REC] también le están haciendo una versión americana que lleva por nombre tentativo Quarantined.
El Orfanato es quizás la evolución natural del mencionado género en España, una pieza magistral que nos lleva pendiendo de un hilo entre sus monstruos, malos que no lo son, buenos que tampoco, una dirección de arte para quitarse el sombrero, gritos y heridas, hasta que lo corta sorprendentemente en el final y nos deja ver que la separación entre la vida y la muerte es más frágil que el hilo que acaban de cortar.

Dos fanáticos disfrazados con barba negra y cabello largo, al estilo del ídolo francés de rugby Sebastien Chabal, se metieron a la cancha del estadio de Montpellier durante el partido Australia-Fiyi del Mundial de rugby. Esto no tendría tanta importancia si no fuera porque la barba y la peluca eran lo único que llevaban puesto.  (más…)

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