Marzo 2009


En enero de 2006, el lunes siguiente tras aparecer en primera página de la edición dominical del San Francisco Chronicle, Jeremy Townsend recibió la visita de las autoridades. Lo agarraron con las manos en la masa. El señor Townsend no es un criminal al que la policía encontró con una víctima, ni un banquero al que los agentes del fideicomiso atraparon haciendo un fraudulento traspaso de dinero; el señor Townsend recibió la visita de las autoridades sanitarias cuando estaba acomodando su casa para recibir a 45 personas, tal como lo venía haciendo todos los lunes, y servirles comida. Lo agarraron con las manos en la masa.

Aunque explicó que conocía personalmente a todos los que venían y que sencillamente le iban a dar una colaboración a él y a su hermano Joe por la cena, el agente le dijo que no contaba con la permisología para hacer de su casa un restaurant, principalmente por el nivel de ruido que generaba en el apartamento, así que el señor Townsend preguntó si podía hacerlo en otros sitios. El inspector sanitario respondeó que no le importaba, y allí nació The Ghetto Gourmet (www.theget.com), una red de amantes de la buena comida que se conectan por internet y se juntan para preparar banquetes buenos, baratos y, principalmente, desligados de lo suntuoso, parsimonioso e impersonal que consideran la experiencia de hacerlo en un restaurant.

Este es solamente uno de los tantos grupos que piensan que los restaurantes ya no tienen sentido. La emoción de “escabullirse” de la ley, conocer gente interesante con la cual generar amistades y compartir una larga comida ha hecho que en Estados Unidos y en otras partes del mundo (de hecho en Cuba ya son hasta tradicionales por ser los restaurantes propiedad del estado) se popularice cada vez más el que podría considerarse el secreto peor guardado del mundo culinario: la cocina underground.

Un buen cocinero puede considerarse tan artista como un pintor o un músico, en el sentido en que gracias a su creatividad y su destreza manual deleitan a otra persona estimulando su sentido de la vista, el oído o, en este caso, el gusto; y si hace años se popularizaron las galerías amateur o los bares de karaoke para que los “artistas caseros” pudiesen mostrar sus habilidades, la creación de no-restaurantes, anti-restaurantes, comedores clandestinos, o como quieran llamarlos, era sencillamente el próximo paso.

Muchas veces son iniciativas de chefs graduados que no tienen el suficiente capital para abrir un restaurant propio, o que en el que trabajan no les permiten inventar mucho y salirse de las pautas de la fine cuisine, o como reacción al comercialismo de los chefs/celebridades que están tan en boga hoy día; otras tantas son chefs amateurs que sencillamente quieren divertirse.

Encontrarlos no es tan difícil, basta con revisar internet; pero como se supone que lo verdaderamente underground no es tan accessible, Michael Hebberoy, chef de un restaurant ya no tan clandestino llamado One Pot (www.onepot.org) recomienda además sacarle conversación a los cocineros con las características anteriores, muchos sabrán de algo o se entusiasmarán con la idea de ser ellos los que lo lleven a cabo.

Sea en un pequeño apartamento neoyorquino o en una granja en las afueras de Seattle, estos comedores sin licencia a los que se llega por boca de otro, gracias a la internet o uniéndose a clubes y logias son una alternativa que ha calado tan hondo que ahora está generando una predecible paradoja: al convertirse en lo último en cuanto a opciones culinarias, atraen a grandes cantidades de usuarios, alienando a los comensales alternativos originales, perdiendo su esencia y haciéndose mainstream; en definitiva, la triste historia del arte underground.

En 1984 salía al mercado el que sería uno de los discos más impactantes en la escena rock latinoamericana hasta ahora, homónimo de la banda que sigue siendo la referencia más importante del género: Soda Stereo. El 21 de diciembre de 2007 concluyó en el Estadio Monumental de River en Buenos Aires, a un par de cuadras de donde hacía más de un cuarto de siglo se había gestado el sueño de Gustavo, Zeta y Charly, la gira que los trajo a los escenarios luego de diez años de receso, la gira en la que los vimos volver, la gira que demostró que Soda siempre será Soda.
A pesar de que su paso por Venezuela no fue del todo satisfactorio para muchos ―y les doy la razón en que la organización del evento dejó mucho que desear―, ese 29 de noviembre Sobredosis de T.V., Nada Personal, No Existes y otros éxitos de sus inicios se sumaron a Zoom, Primavera 0, De Música Ligera ―el himno que lastimosamente suena hasta en las pachangas de quinceañeras― y otras del repertorio de su segunda etapa, para una descarga de rock que valió la espera.
Pero, ¿fue esto todo lo que iba a dar Soda? Muchos reclaman que ésta fue una maniobra mercantilista de algún tipo; es verdad que recaudaron muchísimo, pero es también verdad que donaron su participación de los ingresos generados en Argentina mediante la venta de contenidos online (videos de los ensayos, fotos de backstage, temas en vivo de los conciertos) a la Unidad de Transplante Cardíaco Infantil de la Fundación Garrahan, a la Red para la tercera edad (con sede en la Matanza) y a Caritas (Parroquias Natividad de María y San Pedro y San Pablo). Además, se aliaron con Red Solidaria para impulsar una campaña llamada Dona un Día de Tu Vida, con el objetivo de que los jóvenes “donaran”, o dedicaran, un día del año 2008 a trabajar en obras sociales.
Independientemente de esto, sea que van a sacar un álbum nuevo -altamente improbale- o que no tenían oficio y se lanzaron en esta gira, lo cierto es que esta primavera que comienza tiene el encanto de venir luego de un invierno (o verano, si tomamos en cuenta que los Soda son australes) en el que muchos volvimos a sentir y vivir lo que es un concierto de los más grandes del rock latinoamericano luego de diez largos años.